Sangrante paz

Posted on Jul 25, 2016 | 0 comments

Vuelve a mi mente la palabra, hiriente, tierna, interrogante, constante… Aunque algunos se empeñen en hablar del valor de la imagen, aunque algunos degraden la palabra hasta hacerla perder su significado.

Yo no puedo entender la vida y las reacciones humanas sin ella. Los poemas, la narración, el teatro nos hablan de los conflictos y de los sentimientos humanos explicados con ella como herramienta principal.

¿Será que cada vez leemos menos? ¿Será que cuando leemos lo hacemos de manera rápida y superficial?

No tengo respuestas. Para mí la vida es una eterna pregunta. Interrogantes desde el nacimiento a la tumba.

Estos días ya no sorprenden las imágenes de ataques o atentados a ciudadanos de cualquier parte del mundo. No hablo sólo de lo que sucede en Europa. La muerte no hace remilgos y acude rauda a cualquier lugar.

Jóvenes que deben estar buscando la vida, gozando del placer de descubrir el mundo, se inmolan en aras de las ideas.

Y ¿qué hay detrás de todo? ¿A dónde queremos llegar?

Pero hasta que no nos roza la desgracia, miramos hacia otro lado. Es una noticia más del espectáculo televisivo.

No nos preguntamos si hemos fracasado como seres humanos acaso. Debemos pensar. Siempre actuaremos mejor si pensamos. Siempre la palabra debe actuar antes que la violencia.

Hemos de creer otra vez en el valor de la palabra.

Pedro Lezcano decía en el Romance de la paz condenada:

La boca puede besar

cuando de besar se trata;

puede comer si le dan

y puede escupir de rabia.

Pero lo que da la razón

a la boca es la palabra.

 No podemos desaprovechar esa capacidad humana de usar la palabra. Tenemos que aprender a degustarla o reeducarnos para disfrutar de la capacidad de escuchar. Podemos usar la boca para pronunciar palabras que sirven para reivindicar, para rebelarnos, para resistir, para pedir, para gritar, pero también para amar, para sentir, para crear. Para ponernos de acuerdo. Paz.

La paz no vive en ningún lugar, ni pertenece a nadie. Ha de ser de todos.

Pero sobre todo ha de estar en las escuelas, en los estudios, en la vida. La paz ha de deambular por las calles y por las páginas de los libros de un mundo que se empeña en escribir la historia con sangre inocente cada día.