Los hombres de negro, el dinero y la quimera

Los hombres de negro, el dinero y la quimera

 La lluvia de noticias cae incesante sobre nosotros, como un monótono canto de maléficas sirenas o como la insistente risotada de los pavorosos duendes que viven en las cajas fuertes de los bancos. Estamos viviendo momentos de desaliento, de desamparo incluso. Los ciudadanos asistimos atónitos a esta avalancha de sinsentidos, de comentarios financieros, de riesgos económicos, de listas de tareas y restricciones… Confusiones a las que nos someten los noticieros a diario.

Y entre todas esas noticias y rumores, aparecen «los hombres de negro». Recordé, al oírlos nombrar por primera vez, el miedo que me daba, cuando era pequeño, el «hombre del saco». Lo sentía como una amenaza que acechaba y que me metería en su negruzco fardo en cualquier descuido.

Ahora soy grande y aun me desconciertan esos hombres de negro que nadie conoce y que vendrán de no se sabe dónde a llevarse nadie sabe qué. Lo único que intuimos es que son malvados y que hay que tenerles miedo.

No soy economista, así que no voy a hablar de economía; no soy político, así que no voy a hablar de política. Sólo deseo que el sentido común sea el que reine, que la paz sea el pan de cada  día, que la felicidad llene de bondad los corazones. Estamos creando una sociedad en la que la insatisfacción aumenta de hora en hora. El índice de suicidios se ha visto incrementado desde que esta manipulación de los sentimientos y las emociones dirige nuestra sociedad. Las depresiones, la ansiedad y la desgana acosan al ser humano en un mundo despiadado que nos convierte en números, en simples y frías cifras de estadísticas y estudios sociológicos. Somos más, somos personas, somos sentimientos.  «Crisis», palabra cruel y despiadada. Se ha convertido en el término más usado en los últimos tiempos. Y planea sobre nuestras cabezas como una amenaza invisible, como un ángel exterminador, o como los soldados de una implacable y cruel guerra.

Hay quienes piensan que estamos sumidos en una especie de guerra: la tercera guerra mundial. Sólo que es una batalla larga, sin armas de fuego, sin bombas ni dagas. El arma y el motivo son el dinero. Los soldados, invisibles entes de las finanzas; las víctimas, los ciudadanos que sólo son un número en las listas del paro, un nombre en los documentos de desahucio, una cifra como votantes.

Y de esta guerra de las finanzas, ¿quién saldrá ganando?, ¿quién se coronará con los laureles de la victoria? No nos engañemos, no tocarán la victoria los humildes trabajadores, las mujeres que bregan cada día con las labores de la casa y del campo, los enseñantes, los estudiantes, los campesinos… La gloria de ese triunfo la gozarán los invisibles y poderosos jugadores de esta partida de ajedrez con piezas de euros y dólares.

Todo bajo la mirada escrutadora de los hombres de negro, enigmáticos vigías de este mundo desquiciado.

En mi ingenuidad de solo ciudadano de este mundo, yo me atrevo a preguntarme ¿y, dónde están los políticos?

Época complicada la que vivimos. Los políticos están enmascarados en el descrédito, en la discusión que persigue lograr su poder, en los intrincados laberintos del mando.

La clase política tiene el deber y la obligación de acercarse a la gente. Es necesario que escuchen el latido del corazón del pueblo, ellos son la voz de los votantes, no la voz de los que sufragan las elecciones. No es momento para esconderse en discusiones inacabables para lograr poder, es el momento de la verdadera lucha. De la lucha por lo humano, por las gentes, por la vida. Mas teniendo en cuenta que no es el dinero el valor y el motor de la vida. Los seres humanos sabemos que, como decía Saint-Éxupery: «lo esencial es invisible a los ojos».

Pero los políticos, ciegos y sordos, niegan lo que hace el contrario, sin caer en la cuenta de cuanto confunden a los ciudadanos. Las tesis puramente políticas desaparecen para insultar como si los votantes fuésemos tontos. La ideología determina la palabra y la palabra puede cambiar el mundo si se usa bien.

Héctor Abad Faciolince en su hermoso libro El olvido que seremos, en la página 24 dice: «Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad».

Yo me pregunto ¿es tan difícil que todos los que ostentan algún cargo, o tienen un mínimo de poder, comprendan esta reflexión? Es el deber de quien manda lograr que las personas que estén a su cargo vivan bien, es una obligación velar por el entorno, pues de él dependemos los seres humanos.

Un pueblo alegre puede luchar. Un pueblo triste se envuelve en nubes grises y no camina. Un pueblo alegre es capaz de caminar en busca de la utopía. Un pueblo triste se inmoviliza, se olvida de caminar. Si queremos progreso, tenemos que regalar alegría. La risa es un motor, la esencia que nos guía en el camino.
Miguel Hernández, en sus inolvidables Nanas de la cebolla, pide a su hijo que no deje de reír, que se agarre a la risa  como un guerrero a su espada: «Es tu risa la espada más victoriosa».

No, no permitamos que nos arrebaten la alegría. Somos ilusión, somos camino a recorrer y sin sonrisas es muy difícil caminar.

No, no dejemos que nuestros jóvenes, los jóvenes de esta vieja Europa, piensen que el único objetivo y valor del mundo es el dinero.

No hagamos de las finanzas nuestro rey. La vida es más compleja, más grata y rica.

El ser humano es ilusión, solidaridad, esperanza, amor… Ese es el tesoro. Un cofre repleto de valores, de sentimientos y emociones; algunos positivos, otros negativos. Pero todos conforman un ser complejo, que piensa, que decide, que se debate en un mundo hostil. Pero un ser humano, no un autómata regido por hilos de oro en un escenario de bancos y paneles de la bolsa.

No, eso no. El ser humano es alegría.

No permitamos que los hombres de negro nos intimiden. Luchemos. Corramos tras la quimera. Ella es la luz y el motor que nos hace caminar.

Ernesto Rodriguez Abad

Libro del mes

Éric Pintus, Rémi Saillard, Hambre de lobo, Océano, 2011.

Libro desconcertante, irónico, inquietante… Palabra e imagen nos  narran las peripecias de un lobo melancólico que tiene mucha hambre. Es invierno y no encuentra alimento alguno. No quiere acercarse mucho a la cuidad, tiene miedo de que los hombres lo maten. Pero cae en una trampa para osos. El pobre lobo ve como  se acerca su fin. Hasta que aparece un conejo burlón. Las cosas cambian. Lo que parece lógico se cambia en ilógico. Nada es definitivo en el bosque de la vida.

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1 comentario
  1. Abi
    Abi Dice:

    Intensa reflexión de este mundo en que vivimos y un grito a no perder la alegría y la esperanza. Me ha gustado mucho. Gracias por expresarlo de esa manera.

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