Para no ser solo olvido

Hablar sobre política o políticos ya resulta tedioso. Mas es el tema de conversación actual. Cuando la gente ve mermados algunos de sus derechos, cuando la economía personal pierde poder adquisitivo, cuando parece que compararlo y venderlo todo a buen precio va a ser difícil, cuando el consumo alocado es menor, cuando en la cartera hay menos dinero todos protestamos.

Como consecuencia de esta situación hay una avalancha de escritos y mensajes que aparecen en la red de forma apabullante. Informaciones no contrastadas, datos que no se sabe de dónde salen, falsos artículos, inflamados o inquietantes, falsificando la rúbrica de diferentes personalidades de la economía, la escritura o el arte. No podemos usurpar el nombre de una persona para decir, y a veces, con dudoso fondo ideológico, lo que pensamos. Es muy preocupante esta falta de sinceridad, pues las palabras son un arma peligrosa.

¿A dónde vamos a parar? Me pregunto cómo podemos controlar toda esta información y procesar lo que es válido y desechar lo falso, lo injurioso.

Aparecen en la red o nos llegan correos electrónicos desprestigiando la política y a los políticos.

Tengo que decir que yo mismo he escrito muchos artículos atacando la actitud poco ética de algunos políticos, pero eso no implica que no crea en la política como solución a los problemas humanos y sociales y que la defienda como única manera de gobernar.

Pero creo en la política con mayúsculas, creo en el debate de ideas, de propuestas, creo en los políticos que actúan como representantes de un pueblo, creo en la utopía y en los ideales.

No puedo aceptar a los que menosprecian al pueblo expresando sus ideas más ocultas con frases soeces o vulgares, no acepto a los que se ponen al servicio de intereses que no son de la mayoría, no creo en los que benefician al más poderoso, no creo en los que no sueñan con un mundo mejor, más justo, más feliz…

Hace años leí un cuento extraordinario de Eduardo Galeano, hablaba de un hombre que se enamoró de una estrella y fue por ella abandonado porque las estrellas viven una eternidad y ella no podía soportar el sufrimiento de ver morir a su hombre un día. Los hombres viven solo un momento. No podemos conformarnos entonces con emponzoñar ese instante en el que vivimos. Tenemos que hacer eterno ese minuto llenándolo de actos heroicos, de pensamientos sublimes, de emociones verdaderas… De grandes lecturas, de bellas melodías, de hermosas amistades.

¿O es que eso también molesta a las voraces finanzas? ¿También tendremos que economizar en felicidad? ¿No caben ya en este mundo globalizado los altos pensamientos?

Tenemos que soñar con la quimera y no tener miedo de enamorarnos de una estrella. Tenemos que luchar para que los políticos que han llegado al poder no olviden que también alguna vez soñaron con estrellas. Tenemos que hacer que vean un universo de constelaciones, no un universo cuajado de indicativos de la bolsa, de números y monedas. Las monedas brillan, pero su destello es metálico, artificial y perecedero. El brillo de las estrellas es eterno.

Caminemos entonces hacia ese brillo, el de las ideas verdaderas, el de las ideas que hacen que hombres y mujeres podamos caminar. Para no ser solo olvido, para intentar dejar escrito en el universo que seamos siempre ideales, para luchar por la igualdad, por el ser humano integrado en una naturaleza no degradada, limpia, viva.

Para lograr estos ideales necesitamos la política y a los políticos. Para caminar tras la utopía es imprescindible el debate, el entendimiento  de tendencias. La verdadera democracia es aquella en la que todos estemos incluidos, no solo los que por diversas razones se creen los más fuertes. La democracia es gobierno de todos, es diálogo y lucha por una vida mejor. Y sobre todo un estado debe fundamentarse en el bienestar de los ciudadanos, en su sonrisa feliz, no en el gesto torvo, en la mirada vacía del que jamás se ha enamorado de una estrella.

Escribamos una historia de imposibles. Todos seremos olvido si no giramos el timón de la nave en la que navegamos hacia un mundo en el que aun quede tiempo para ser humanos y no solo para las transacciones económicas.

Ernesto Rodriguez Abad

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