Incendios

La infancia es un lugar. En ese espacio ideal están los recuerdos. Allí acudo a menudo. Voy cuando quiero encontrarme con mi verdadero yo, cuando deseo hallar respuestas a este denostado mundo, cuando quiero comprender algunas irracionales actitudes de los humanos.  

Mi abuelo trabajaba en el bosque. Me habían contado que hacia carbón quemando árboles. Yo no comprendía que de una madera quemada saliera algo que volviera a dar fuego. El mundo de los niños es así: mágico y loco.

Llegó el momento en el que mis padres decidieron que podía pasar unos días con los abuelos. Mi pequeño bolso con la ropa y mi cabeza llena de ilusiones. Emprendí el viaje hacia las montañas en un camión renqueante, como si tuviese catarro y tos. ¡Descubrir el bosque! ¡Conocer los secretos de los pájaros! ¡Escuchar cuentos enredado en la niebla!

Eran días fantásticos. Iba a comer con los obreros y miraba cómo las carboneras dejaban salir al humo encerrado. Eran iglúes de barro y tierra rellenos de madera en brasas vivas. En aquellos días adoré el fuego. Siempre esas crestas de rojos resplandores y crepitaciones me contaban secretos de la tierra.

Las mujeres y los hombres que hacían el carbón eran alegres. Cantaban coplas picantes, tenían refranes para todo y trabalenguas indescifrables para jugar con el lenguaje. Reían a carcajadas. Contaban historias de gatos salvajes, de almas en pena, de amores y de chascos. Se miraban con ojos como ascuas.

Yo estaba embelesado aquellos días. Con ellos descubrí las flores que solo salían entre las hayas, los acebiños y los loros. Toqué los musgos y los líquenes que recubrían las piedras milenarias. Descubrí setas tan extrañas, mágicas y multiformes que tenían que haber sido diseñadas por ancianos duendes ya desaparecidos. Admiré el poder de la naturaleza.

Cuando empecé a estudiar en la universidad las cosas se vistieron de palabras nuevas, de especies endémicas, de consciencia ecologista, de compromiso con la tierra…

Ahora, cuando reflexiono sobre estas cosas, me doy cuenta de que aquellos conceptos yo los había adquirido con los carboneros, con las mujeres que sacaban la leña sobre la cabeza, con los que limpiaban la hojarasca para hacer camas al ganado.

Aquel fuego sofocado en el silencio de la carbonera, el de los braseros encendidos en la cocina congregando palabras, el de la vela oscilante… Esos fuegos, los del recuerdo y los que aún puedo encender me siguen pareciendo creación, pasión, magia. Están unidos a la vida.

Los otros no los entiendo, los de los incendios descontrolados, los que arrasan. Los bosques son la vida y no puedo aceptar que no cuidemos ese prodigio que es un árbol. Hacen falta años, a veces siglos para que un ejemplar de pino, de haya o de barbuzano sea hermoso, majestuoso y fuerte. Si nos fijamos en esos ejemplares están llenos de historias, de secretos de la tierra. Esos fuegos, los del fósforo tembloroso en la mano inconsciente del odio, no los entiendo. Esos fuegos son la muerte, la destrucción, la angustia.

No puedo aceptar ni entender que alguien queme un bosque. El monte somos nosotros mismos, sin la riqueza que se acumula en su seno, en su corazón secreto la vida se empobrece, se esfuma. Los bosques son la magia de la tierra, el lado de las palabras que se susurran en la noche.

No entiendo tampoco que los responsables de las entidades publicas no velen con el rigor, la entereza y la dureza que se merece la naturaleza. Hemos abandonado el campo, las tierras que antes rodeaban el bosque eran tierras de cultivo, ahora son eriales llenos de zarzas, hierbas secas y basura. Nadie limpia su terreno, ni lo cultiva. Así cuando alguien enciende la locura, la miserable llama que quema la arboleda, el desatado incendio se proponga como reguero de pólvora.

¿Y si volvemos a prestigiar la agricultura? ¿Y si el agricultor fuese considerado socialmente alguien imprescindible en la cadena de la vida? ¿Y si miramos con respeto a los bosques? ¿Y si se vuelven a limpiar los suelos, y si la hojarasca vuelve a ser cama de animales y estiércol y vida? ¿Y si exigimos a las superficies comerciales que un elevado tanto por ciento de lo que vendan sea cultivado o producido en los campos del municipio donde están enclavados?

Estas ideas golpean mi cabeza enfebrecida al ver tanto bosque arder bajo la mirada inquietante del que sonríe socarronamente. Son ideas sencillas, pero básicas y aseguran que la naturaleza y hombre puedan convivir en armonía. Son la cadena de la vida. Sin los procesos que nos unen a la tierra, sin la colaboración entre humanos y fuerzas naturales acabaremos matando el planeta.

No podemos seguir gobernados por intereses económicos diseñados en una lejano palacio en el que habitan los mercados. Un palacio que nadie ve, que nadie sabe dónde está. Estar globalizados no debería  significar abandonar los campos cercanos para poder hacer grandes transacciones económicas desde un despacho, importando los alimentos desde países alejados… Posiblemente se gana más dinero, pero se empobrece el entorno.

El planeta tiene un limite. La vida es tecnología, progreso, futuro. Pero también la vida, el mundo es naturaleza, árbol, tradición…

La vida es un ordenador que titila en la habitación de una ciudad insomne. Pero también la vida es una pequeña flor que tiembla cuando la brisa le cuenta que el fuego arrasador llega a través de los campos solitarios.
La vida es el respeto.

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2 comentarios
  1. Susi
    Susi Dice:

    Cuanta razón en tus palabras. Puede ser todo tan sencillo… y hemos vivido para destruirnos. Están muy bien los avances tecnológicos, pero empecemos por el principio, por la naturaleza, por la tierra… Respetemos la vida, nuestra vida.

  2. Elena TAboada
    Elena TAboada Dice:

    Además de palabras que hablan con razón, como siempre lo haces con una maravillosa belleza. Por eso mi admiración, respeto y cariño por ti, amigo

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