Reseñas

RESEÑA “EL REY QUE BORDABA ESTRELLAS”

Antes de que empezara a dedicarme a escribir a este blog, estuve trabajando durante unos cuantos años como diseñadora y artesana, teniendo como herramientas de trabajo hilo y aguja. Mi abuela Mará había sido modista y yo heredé su pasión por las telas y su última máquina de coser, una Necchi de los años ’50. Así que imaginaros lo que me puede enamorar un álbum ilustrado en el que su protagonista es un rey muy especial “El rey que bordaba estrellas”.
El rey que bordaba estrellas
Autores: Ernesto Rodríguez Abad, Víctor Jaubert
Editorial: Diego Pun Ediciones

edad recomendada: mínimo 4/5 años, ideal 6/7
 

Trama
En una pequeña isla vive un pequeño rey sin cetro ni corona, y que tiene como única herramientas hilo y aguja. Alrededor suyo otros tres reyes se han repartido el mundo, cada uno encerrándose en sus convicciones y en su poder: el dinero, la belleza, la fuerza. Cuando los tres se enteran de a existencia de este cuarto rey en un principio lo menosprecian, pero su mirada de felicidad, les hace desear conocer cual es su poder. Invaden su pequeño reino, pero no pueden ni con los alfileres, ni con las telas y los hilos.
Se marchan sin conquista y el pequeño rey sigue su trabajo; colorear el mundo y bordar estrellas Con mensajes de paz para su pueblo, del cual es un humilde servidor.

Contenidos y Valores

Hablamos de reyes y reinos, y lo hablamos en un País donde aún existe la figura de un monarca, que tiene su peso político, aunque sea solo por su presencia. Personalmente no soy fan de la monarquía como forma de gobierno, aunque de ser sincera veo fallos en todas las formas de política organizada, hasta en la democracia, porque no es realmente representativa: imaginad solo que hasta los 18 años la opinión de una persona no es tenida en cuenta…

Y toda esta premisa va porque un cuento que promociona la monarquía como forma de gobierno un poco me echa para atrás, pero aunque pueda parecer que este mensaje indirecto llegue con este libro, en seguida nos daremos cuenta de que lo que esta historia pretende contar no trata de esto, sino de todo lo contrario. 
El rey que bordaba estrellas tiene súbditos, según se dice en el cuento, pero es evidente que si alguien depende de las decisiones de los demás, éste es el mismo rey que se pone al servicio del pueblo. Se pasa el día bordando belleza para que todos lo disfruten, animando a todos a que vean cuanto brillan las estrellas y que mensaje esconde cada una de ella: paz, amor, amistad, alegría. Y así las encontramos en las guardas de cierre del libro. Serena está aprendiendo sus primeras palabras justamente leyendo una y otra vez esas estrellas: la primera vez que se las leí se emocionó y sus ojos se pusieron tan brillantes como los mismos ojos del protagonista del cuento!
Ese mensaje tan fuerte que el álbum nos quiere transmitir sobe cuan importantes son las cosas que hacemos en nuestra vida no solo para nosotr@s mism@s sino para todo el mundo, me hace pensar un poco en una frase de Galeano que unos días me recordó una maestra con la que estuve hablando un rato de educación y cambio social: mucha gente pequeñas, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo.”
Y nuestro pequeño rey hace cosas pequeñas, vive en un lugar pequeño, no tiene pretensiones, no posee nada, y a raíz de su no poseer, lo tiene todo. 
Los tres reinos que atacan el pequeño reino pacífico llevan consigo profundas amarguras, sin sólidas satisfacciones personales, buscan en el derrumbe del otro su propia magnificencia. La violencia es la que domina en esos tres reinos, la supremacía de uno sobre todos, el deseo de tener más, de ser el mejor, de tener lo más bello.  Frente a esta sed de poder aparece nuestro pequeño rey, que ha encontrado la clave para poder disfrutar de todo: no tener nada. En esa ausencia de poder se encuentra la serenidad, el brillo en los ojos que ninguna moneda podrá dar.
 
Este cuento nos habla de la riqueza que aguardamos en nuestra alma, de la importancia de alimentarnos de sentimientos, del amor que nos une a l@s demás y al mundo mismo, de lo bello que es dar, de lo infinitamente feliz que nos hace vivir en la escucha, en la disponibilidad, en el trabajo que amamos, en la contemplación del mundo, en la paz.
Este cuento nos anima a confiar en nostr@s mism@s, a ser conscientes de que con nuestra buena predisposición ponemos la piedra más importante de donde saldrán todos los caminos que podamos recorrer. 
Ilustraciones
Un trabajo espectacular de Víctor Jaubert que para este álbum ha elegido el uso del collage, ofreciéndonos unas ilustraciones muy coloridas y de singular belleza que detendrán nuestra mirada en cada página, manteniéndonos en un estado de hipnosis! Ha sido el primer trabajo que he podido apreciar de este autor, pero que me ha dado ganas de conocer más!
Para qué y para quien
Sin duda añado este cuento a los imprescindibles de una biblioteca personal como escolar, por la fuerza y la importancia del mensaje que transmite, yendo a contraatacar ese dramático mundo capitalista, que nos ha acostumbrado a contabilizar incluso nuestros sentimientos, nuestros sueños, nuestros anhelos. Un cuento que hay que leer, un cuento que nos hace pensar, que nos hace cuestionarnos qué es lo que vivimos a diario, como funciona ese mecanismo que nos quiere dueños de cosas y personas, como nace, de que se alimenta. De obligada lectura en los colegios y en los institutos, donde se pueden generar unos debates muy interesantes con niñ@s y jóvenes, poniendo palabra a un tema que desgraciadamente es actual desde que existe el hombre en la faz de la tierra: la guerra, la ausencia de paz, la falta de amor.
Lo recomiendo a partir de 4/5 años según las necesidades de l@s peques de hablar o menos de este tema, ya que con 4 años puede resultar muy duro y lógicamente, imposible de comprender de manera completa. La edad ideal es a partir de los 6/7 años.
“El rey que bordaba estrellas” es otro espectacular álbum de Diego Pun Ediciones (ya vimos de esta misma editorial Tono, Entre Nubes, El Quijote), otro que añadimos al catálogo de nuestra librería online, La Cuentería Respetuosa. Si queréis haceros con él estaremos encantadas de enviároslo en un paquetito bien mono, al igual que los prados y los cielos estrellados que prepara nuestro pequeño rey 😉

Cuentos Africanos para dormir el miedo

 

Ernesto Rodríguez Abad ha escrito Cuentos africanos para dormir el miedo, y lo ha dedicado a los que sueñan, a los que imaginan, a todos mis lectores -escribe. De la mano del anciano Babak, el niño Ongo Congo o el joven Bong es inevitable sentir el rapto de la imaginación y descubrirse al cabo del libro sumado a la legión de lectores, y aún más devotos oyentes, que siguen de cerca al autor en su candente peregrinaje por este insulario desierto. Robando trozos al día y a la noche he hilvanado estos cuentos africanos, capítulo a capítulo, oyendo redonda y solemne, como un solo de violonchelo, la voz (y los hondos silencios) de Ernesto, al que unas veces imagino como un guerrero yoruba agazapado tras un árbol y otras como un explorador inglés de cantimplora y salacót en busca de las fuentes del Nilo. Quien suba a bordo de este libro de alma geográfica -para casi todos nosotros, bárbaros del norte, Africa sigue siendo exclusivamente geografía- ascenderá ríos caudalosos que penetran en el corazón de la selva y recorrerá la sabana al ritmo lento de las antiguas locomotoras coloniales. Los afortunados que leyeron a Verne y a Salgari tropezarán de nuevo con sus viejos héroes de novela; otros evocarán al reportero Tintín y al boy Coco en aquellas ingenuas aventuras africanas escritas por Hergé. Noches oscuras, ríos e hipopótamos, chozas de paja y ramas, brujos y guerreros, la luna de Africa y la mujermadera, el monstruo calabaza y el baobab gigante volverán a encender la llama de nuestra imaginación.

Pero a Ernesto también le ha podido el presente y renunciado, acaso de mala gana al, al mito -y por qué no, al tópico- ha rendido tributo a la realidad en forma de cuento. Ahora sus personajes se tornan héroes de la emigración y el desarraigo: niñas como Orisandra que abren su libro de matemáticas por la página 52 en una escuela occidental, jóvenes como Babakar que permanecen retenidos en un centro de acogida o trágicas heroínas de patera como Kai nos muestran una imagen contemporánea -todavía fragmentaria- de Africa, confirmando así que el presente es un excelente combustible para la imaginación y que, incluso, no pocas veces la realidad supera a la ficción. Cuentos africanos para dormir el miedo es un libro de nuestro tiempo, configurador de una imagen de Africa que es a un tiempo feudataria de los viejos mitos del siglo XX y deudora de la realidad más urgente del siglo XXI. Y aunque, sin duda, Africa es mucho más que lo que atisbamos desde el observatorio de nuestra secular indiferencia, cabe reconocer al autor la virtud del inconformismo y él mérito de tender un puente, aunque sea literario y delicado, con nuestros vecinos más próximos.

                                                                                  Ulises Martín Hernández

 

Sombra de Cristal

Ernesto Rodríguez Abad toma en esta obra una voz que le es propia, la voz del narrador que viene del pasado para rescatar secretos y misterios olvidados, difíciles de comprender y se convierte en el cronista de una historia que encierra otro sinfín de relatos en su interior, como si de un juego de cajas chinas se tratara  y lo hace con las palabras precisas, creando un universo narrativo propio, lleno de sensibilidad pero también de expresividad en el que conviven el lenguaje poético, la ironía y la crítica social.

Nos encontramos ante una novela coral que transita ente varios planos, enfrentándolos en un juego de contrastes y espejos que se contraponen e integran en uno solo. Así,  pasado y presente, realidad y ficción, libertad e hipocresía social se entremezclan para cambiar la escala de valores y poco a poco, sutilmente, ir transformando la percepción del lector.

La vida cotidiana deviene pobre, vacía, una ficción ante una vida de ensoñación que se llena de sentido y va cobrando fuerza, consiguiendo ser más real que la anterior. Ante un orden social que encorseta, los sueños y las visiones desordenadas van construyendo peldaño a peldaño el camino de la libertad.

En este caleidoscopio de realidades Arturo y Catalina toman el protagonismo central, personajes condenados a la soledad por ser diferentes, por pensar por sí mismos, por ir más allá. Náufragos en un viaje errático y desesperado, navegan con la fuerza de lo inevitable hacia la cita imposible en el cristal.

Entre el resto de personajes, Margarita y Antonio ofrecen el contrapunto, ante la influencia de la Iglesia y  el agua omnipresente que ahogan la ciudad, anteponen los soles de la isla, el mar bravío, la vegetación exuberante, la sensualidad pero también el arte y el amor que libera.
Porque aunque “Sombra de Cristal”, esconde hechos históricos, denuncia y crítica social es sobre todo una novela sobre el amor, en mayúsculas y en todas sus caras y vertientes, amistad, delirio, obsesión, pasión, transgresión, pero esencialmente el amor como fuerza liberadora que transforma irremediablemente a los que elige  marcándolos para siempre, con la herida incandescente símbolo de la vulnerabilidad, de la desnudez más intima que les hace  transitar entre el placer y el dolor.

Entre la galería de personajes que pueblan  las otras historias que arropan a la principal, algunos devienen tan atractivos y adquieren tal fuerza a pesar de su presencia fugaz que  traspasan las páginas del libro y adquieren vida propia, creándonos la necesidad de volverlos a encontrar, de saber el cómo y el porqué de Álvaro, Messaud y sobretodo de Diego Pun un viejo conocido que nos va mostrando sus caras escondido entre las hojas de otras obras de su autor.

Finalmente hay que remarcar la importancia del entorno, de los escenarios en que se sitúan los personajes, magistralmente descritos, tomando un protagonismo en la historia, provocando una explosión de los sentidos, texturas, olores, sabores e incluso sonidos hacen que la lectura se convierta en una experiencia física.

La Laguna, cerrada, oscura poblada de murmullos, de corrientes subterráneas  que esconden tantos suspiros y anhelos se contrapone a los paisajes de Daute,  donde la luz,  el mar y la naturaleza estallan en espacios de libertad.Esto nos lleva a la última paradoja, nos hallamos ante una novela  enraizada en Canarias pero que traspasa todas las fronteras, convirtiéndose en universal en la medida que trata los grandes temas que desde siempre han preocupado y preocuparan a la humanidad, el amor, la muerte y la búsqueda de la libertad.

Elvira Novell Iglesias
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Algunas opinines sobre la narrativa de Ernesto Rguez. Abad

“A propósito de la narrativa corta en Canarias:

Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos de amor,
de Ernesto Rodríguez Abad”

Antonia María Coello Mesa
Universidad de La Laguna
en Espéculo,

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Amor es “un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fría herida, una blanda muerte”. Estas palabras de Fernando de Rojas logran reflejar, como pocas, lo paradójico y contradictorio del sentimiento amoroso. Al amor, uno de los temas literarios por excelencia, retorna Ernesto Rodríguez Abad, con ojos curiosos, ávidos de misterio, a veces sosegados y, otras, vehementes.
Este escritor, profesor universitario y director de teatro, nacido en Tenerife, es autor, asimismo, de otros libros de teatro y de cuentos, no sólo para adultos (Historias extrañadas, Cosas de dioses -Premio Ateneo de La Laguna-), sino también para niños: Dieguito Pum, El árbol de las palabras, y relatos como “Nada, no nada y ayayay”, “La Col de José” o “Los nueve cisnes”, este último incluido en una antología titulada 15 de brujas, con textos de Galena, Shakespeare o Ariosto, entre otros. Rodríguez Abad se suma, así, a un conjunto de narradores que, con distintas tendencias y estilos, dibujan el panorama del cuento literario en Canarias. Entre ellos se encuentran, por citar sólo algunos nombres, Alberto Omar, Sabas Martín o Víctor Álamo de la Rosa.
(…)
¿Qué cuentan los narradores canarios de ahora? La respuesta no es tanto una cuestión de contenidos, sino de cómo se sitúan ante el mundo. En este sentido, muchos de los narradores de los ochenta, así como de aquellos que han comenzado a expresarse en la década del 90, coinciden el algo: en la total incertidumbre con que han marcado las existencias de sus personajes: incertidumbre que es sólo uno de los tantos sumandos de un final, desesperanzado, al que abocan tantas vidas sin visos de comunicación afectiva, en total soledad, ya sea en el mundo urbano, ya sea en el de la profundidad rural; ya esté inscrito en un espacio cerrado, agrio y cosmopolita, o se arraigue a una insularidad, o se eche en brazos de una tierra de nadie en donde pueda suceder cualquier ficción.4
A pesar de ello, éstos no parecen ser datos suficientes para defender la identidad de la literatura canaria, que ha suscitado serios debates, sobre todo en la década de los setenta.5
(…)
Ernesto Rodríguez Abad es uno de estos autores que, con sus Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos de amor7, nos muestra un universo insólito que, sin embargo, nos es familiar. El libro está formado por un conjunto de once historias, que van desde la brevedad de “Aldo” o “La radiografía”, hasta la considerable extensión que alcanza “La buscadora de oro”. La temática de los cuentos es también muy variada, aunque todos ellos giran en torno a las distintas apariencias que adquiere el amor, transfigurado en concupiscencia, delirio, obsesión, miedo, sueño, mito, rebeldía o, incluso, convertido en odio. Todos los cuentos tienen, asimismo, el aroma añejo de las historias que, de niños, oíamos contar en noches de tormenta y que ya nadie sabe de dónde vienen.
“Nadie sabe -dice el autor- de dónde manan esas aguas rumorosas, ni qué se encuentra sepultado en ese mausoleo del amor. Si alguien se arrima a las paredes oye historias de amor increíbles. (…). Quedan muchas historias ocultas en sus ondas que aún nadie ha escrito”. Dado su profundo conocimiento de la tradición oral, no es extraño que Ernesto Rodríguez Abad presente sus relatos como testimonios vivos rescatados del tiempo.
Así, al comienzo de “La buscadora de oro”, afirma: “creo que es tan vieja y tan viajera como todas las historias. Cuando me lo contaron, yo creí que era uno de esos cuentos de viejas para asustar a los niños malos. Esos cuentos que huelen como los cofres antiguos…” (57). La inclusión en el libro de una leyenda guanche8, titulada “Los dragos gemelos”, responde también a ese deseo de inscribirse en una cultura popular marcada por la oralidad. La presencia de este relato, ubicado en la Caldera de Taburiente (isla de La Palma), contribuye a proporcionar a toda la obra esa apariencia de saber heredado a través de la voz y la palabra.
“No me oigan”, nos grita, sin embargo, desde su impotencia, el protagonista de “Aquello era amor”, un personaje obsesionado por una mujer que muere sin haberlo amado jamás. Él, que lo había abandonado todo por ella, no se resigna a la pérdida de aquello que nunca pudo poseer y la busca en las tinieblas de la noche, entre el mármol duro y frío de las tumbas. Al final, consigue desenterrarla para descubrir que tampoco ahora será posible su amor:
Todo estaba lleno de gusanos. Todo era putrefacción. (…). La que tanto había amado me arrojó al suelo (52).
Este choque brutal contra una muerte que no deja resquicio a la salvación ni a la esperanza entronca, sin duda, con las Noches lúgubres de Cadalso, en donde también se refleja el amor más allá de la muerte, pero de una muerte que, como ésta, nos desvela, con todo su horror, el pequeño paso que existe entre la belleza y la podredumbre, entre el amor y la repulsión.
Los amores que plasma Ernesto Rodríguez Abad en este libro son todos imposibles y transgresores, terriblemente desesperados. Sus personajes deambulan perdidos en un angustioso viaje hacia ninguna parte. Sólo quieren encontrar a alguien a quien amar, en un esfuerzo tan febril como estéril. Son hombres y mujeres estigmatizados, que reivindican su derecho a ser distintos y que deben pagar por ello. Están condenados a la soledad por un mundo que no comprenden y que se niega a comprenderlos.
De “lunático” y “pervertido” calificaban a Horacio Pérez, “el hombre que se enamoraba demasiado”. “¡Eres una ruina!”, le decían a Isabel, “La buscadora de oro”, una niña a la que conocían por el olor desagradable que emanaba (76). Ella podía ver cosas que nadie más veía, imaginaba historias dibujadas entre las paredes sucias del aula, hasta que un día pintaron la escuela y tacharon de golpe su universo propio.
Isabel simboliza la candidez de la infancia, pero también su rebeldía. No se resigna a aceptar un mundo que no le gusta y quiere cambiarlo con su tesoro de piedrecillas y cristales recogidos en los basureros. No menos significativa es su colección de alas de mosca, que languidecen encerradas en una caja, “marchitas de no volar”, como la propia “buscadora de oro”, incapaz de huir de una realidad opresiva en la que no hay lugar para la fantasía.9
Al otro lado está el resto de la sociedad, arquetípica, uniforme, supuestamente “normal”, representada, en “La buscadora de oro”, por el aula repleta de niños obedientes y tontos, que no entendían nada y fingían entenderlo todo.
En la mayoría de los cuentos, en efecto, aparece ese mundo intolerante y hostil, que no perdona la transgresión. Los protagonistas a menudo quedan imbuidos por la atmósfera asfixiante de pueblos rancios, de moral trasnochada; un mundo, el del pasado, que se refleja en muchos autores canarios contemporáneos:
Es el mundo del ayer y del campo, un mundo antiguo en fase de consumación, en donde no son válidos ni los códigos ni el lenguaje del presente. Se va en busca de unas historias que nacen en un ámbito cerrado, tradicional, colectivo, que acaso ya expiró, pero que el narrador consigue recobrar y expresar con una palabra sugerente, viva, y confiada en la magia que todavía late en los tantos rincones de ese territorio.10
Así, las críticas y las burlas terminan por silenciar, por aniquilar casi, a la “novia del diablo”, que se dejó llevar por la lascivia, se abandonó a sus pasiones y, como castigo, su cuerpo quedó marcado para siempre por la saliva del demonio; “a partir de aquel día siempre estuvo sola” y “no miraba a nadie en la calle” (11).
Una marginación similar sufren las hermanas telefonistas, dos “solteronas” que “parecían fotos veladas. Mudas. Sordas” (29), otro arquetipo de mujer:
La solterona es un ser fracasado y, por tanto, desprestigiado socialmente, que no ha sido capaz de lograr la única meta digna en la vida de una mujer. La sociedad sólo se preocupa de ella para crearle y alimentarle la ilusión de que algún día encontrará a ese príncipe azul que le prometen la novela rosa y los boleros…11
Sin embargo, no es el mutismo el único castigo que se les impone, porque estas mujeres acalladas, al igual que “la buscadora de oro”, se convierten, a ojos de los demás, en locas, el ejemplo máximo de marginación. De este modo, la sociedad, erigida en baluarte de la verdad absoluta, desautoriza una actitud que escapa al canon establecido y consigue anular a esas personas que se han atrevido a salirse del camino marcado. Como sostiene R. Galdona:
En cualquiera de sus manifestaciones, el(la) loco(a) es un ser maligno y nocivo porque infringe la normalidad. Si, además, esa persona es una mujer la magnitud de su infracción crece hasta cotas insospechadas, porque se espera de ella, más que de ningún hombre, que guarde la observancia exigible de la mal llamada normalidad, traducida para ella en obediencia, silencio y recato absolutos.12
Frente a este rechazo, una de las pocas alternativas posibles es la reclusión, por la que optan las hermanas, que “miraban la calle, la vida, por los cristales cerrados” (29). Ellas deciden aislarse en su casa y en su mundo, para mantenerse a salvo de los otros, aunque nunca lograrían ponerse a salvo de sí mismas. El encierro supone, en este caso, una renuncia, una claudicación, ante la incapacidad de superar una existencia rota y fracasada, lo que las pone en relación con lo que Gilbert y Gubart han dado en llamar “loca del ático”.13
Pero en los cuentos de Ernesto Rodríguez Abad no siempre impera el desaliento; en ocasiones, los personajes se rebelan contra su destino, como ocurre en “Fefa Arroyo”. En esta historia, se contraponen dos tipos de mujer: por un lado está Fefa, fiel defensora de las convenciones sociales y éticas, que vive para y por su marido y que parece satisfecha en su papel de esposa complaciente. En el extremo opuesto se encuentra su hija, una joven bohemia a la que le gusta “conocer las ciudades por detrás, por las puertas pobres” (43).
La felicidad de Fefa, no obstante, es una farsa que esconde la terrible frustración de quien se siente alienado y vacío. Pero ella no se resigna, sino que decide enfrentarse a su sumisión y lanzarse a un mundo ya sin barreras: abandona a su marido, rompe con su pasado y se va al encuentro de la libertad y del amor. En efecto, como señala R. Galdona, “una vez descubierta la falsedad del cuento de hadas que le prometieron al hablarle de boda, sólo cabe a la mujer el fingimiento o la adopción de comportamientos inconvenientes”14. Asistimos aquí, en consecuencia, a la subversión del “ángel doméstico”, como lo denominó en su momento Virginia Woolf.15
El tópico también se tambalea en “El beso”, en donde es la mujer la que silencia al hombre, arrancándole la lengua y apoderándose, por tanto, de la palabra, en la que reside el ser. Se trata, quizá, de otra visión de la llamada “mujer fatal”, que destruye y “devora” a sus amantes. La mujer aparece aquí como demonio y puede relacionarse con la figura legendaria de Lilith, que, según la mitología hebraica, es anterior a Eva y fue la primera esposa de Adán, aunque terminó huyendo a los infiernos16. La propia Eva, de hecho, fue la primera pecadora, como nos recuerda R. Galdona y, en este sentido, está relacionada con el Mal:
Eva, no lo olvidemos, fue la primera pecadora. Su deseo de conocer, error elevado a la categoría de genérico, le acarreó a ella y a todas sus descendientes la condena eterna de Yavé, en unos términos que instauraron la subordinación femenina desde las mismas raíces de nuestra cultura: “Y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará” (Génesis, 3-16).17
En realidad, los Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos de amor, están repletos de hombres y mujeres atrapados por el tiempo, esperando eternamente un amor que les está vedado, como la protagonista de “La radiografía” o Pietro Paolo Zambonino, a quien el paso de los años le impide incluso recordar el rostro de su esposa, a pesar de haber dedicado su vida a buscarla. Todos ellos, en efecto, se afanan en búsquedas imposibles, con un esfuerzo tan impetuoso como inútil, semejante al de las olas, que, con su perpetuo vaivén, se empeñan en arrojarse una y otra vez contra la misma realidad. No en vano, el mar está muy presente en estos cuentos de esperanza y desesperación.
Mientras, el tiempo transcurre cadencioso e inexorable, para unos personajes sin remisión, que prefieren soñar a vivir. Son víctimas de un pasado del que no pueden -o no quieren- escapar, y permanecen absortos, como “vigías del tiempo perdido”, esperando morir de amor o, quizá, de odio, que acaso sea lo mismo.
La originalidad de estos relatos y la riqueza con que el autor construye a sus personajes -sobre todo femeninos- se combinan con un lenguaje sugerente y lleno de alusiones a los sentidos, en donde hay olor a levadura o a caña santa y regusto a teas viejas. De igual modo, los paralelismos y la dicotomía él / ella marcan el ritmo de un texto que, además, viene acompañado por las ilustraciones expresivas y, a menudo inquietantes, de Mai Martín Salazar.
Ernesto Rodríguez Abad, en definitiva, nos cuenta “historias de amor increíbles”, que, sin embargo, terminamos por creer. Y lo hace sin afectación, sin artificios, con la parsimonia, la sencillez y la meditada espontaneidad de los cuentos narrados al calor de la lumbre.

NOTAS:
[1] J.J. Delgado, El cuento literario del siglo XX en Canarias (Estudio y Antología), Cuadernos de Literatura, Ateneo de La Laguna, 1999, p. 61.
[2] Vid. E. Díaz Navarro y J.R. González, El cuento español en el siglo XX, Alianza Editorial, Madrid, 2002, p. 169.
[3] Vid. J.J. Delgado, El cuento literario…, op. cit., p. 69.
[4] Ídem, p. 56.
[5] Ídem, p. 67.
[6] Vid. E. Díaz Navarro y J.R. González, El cuento español en el siglo XX, op. cit., p. 12.
[7] Vid. E.J. Rodríguez Abad, Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos de amor, Ediciones Baile del Sol, Tenerife, 2001. El número entre paréntesis que sigue a cada cita del libro indica la página de la que se ha extraído.
[8] La palabra guanche se refería, en un principio, a los antiguos habitantes de Tenerife y, luego, su uso se extendió para designar a los aborígenes que, a la llegada de los conquistadores, poblaban cualquiera de las Islas Canarias.
[9] Para un estudio sobre tipos de mujer que rompen con el comportamiento que se presupone normal, vid. C. Martín Gaite, Desde la ventana, Espasa-Calpe, Madrid, 1988.
[10] J.J. Delgado, El cuento literario…, op. cit., p. 69.
[11] F. López, Mito y discurso en la novela femenina de posguerra en España, Pliegos, Madrid, 1995, p. 21. Para más información sobre este tema, vid. L. Mizrahi, La mujer transgresora, Emecé, Barcelona, 1992.
[12] R. Galdona Pérez, Discurso femenino en la novela española de posguerra: Carmen Laforet, Ana María Matute y Elena Quiroga, Universidad de La Laguna, La Laguna, 2001, p. 257.
[13] Vid. S. Gilbert y S. Gubart, The Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination, Yale University Press, New Haven, 1984; R. Galdona Pérez, Discurso femenino…, op. cit., pp. 256-61.
[14] R. Galdona Pérez, Discurso femenino…, op. cit., p. 141.
[15] Vid. V. Woolf, Un cuarto propio, Júcar, Madrid, 1991. Del “ángel doméstico” hablan otras muchas autoras, como S. Kirkpatrick (Las Románticas, Cátedra, Madrid, 1991) o S. Gilbert y S. Gubart (The Madwoman in the Attic…, op. cit.).
[16] Vid. E. Bornay, Las hijas de Lilith, Cátedra, Madrid, 1990.
[17] R. Galdona Pérez, Discurso femenino…, op. cit., pp. 165-6.

© Antonia María Coello Mesa 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid