Hay ropa tendida

Había una reunión de familia. Era un gran clan que todos los años se juntaba, justo al finalizar el otoño. Las castañas crujían en el fuego, sobre el carbón chispeante. Los vasos entrechocaban eufóricos. Caían gotas de rojo vino al suelo de polvorientas baldosas.

Reían las comadres, los camaradas se palmeaban las espaldas. Charlatanerías vanas se entremezclaban con retazos de conversaciones serias; pactos o negocios se cruzaban con recriminaciones de una abuela; recuerdos y nostalgias cabalgaban sobre ilusiones hacia el futuro… Alguien soltó una risotada. Otro dio un codazo a una mujer de abundantes senos cuando vio que se acerca una joven incauta… Protagonista de un relato picante. Risas y miradas.

– ¡Hay ropa tendida! -susurró una mujerona de mejillas rubicundas.

Los niños miraron sorprendidos comprobando el viraje que daba la conversación hacia lo intrascendente. La muchacha pasó como una brisa suave. Las palabras se volvieron a teñir de sorna. Los ojos volvieron a chispear.

Entre el séquito de cortesanos del siglo XXI, pálidos, de chaqueta uniformizada, de gestos estudiados, entonaciones artificiales, caminaba absorto un joven prometedor, quizá un futuro candidato a presidente. Preparaba mentalmente el discurso que tenía que escribir al torpe presidente. Meditaba sobre cómo camuflar verdades, cómo hacer creíbles las mentiras, cómo convencer, no perder votos… El resto alababa al locuaz portavoz, le daba consejos, le hacía comentarios… Al atravesar la plaza, vio que un grupo de jóvenes manifestantes se acercaba.

-¡Hay ropa tendida! -dijo.

Los demás comenzaron a discutir, autómatas, sobre el último partido de fútbol europeo…
Sí, es que todos tendemos ropa. Desgraciado el que no tiende, pues es que no lava o no habla. Y es necesario lavar lo sucio y es imprescindible hablar para no morir.

Nuestras democracias necesitan una lavandería con urgencia. Nuestros políticos necesitan encontrar las palabras verdaderas. Todo se ha teñido de vulgaridad, todo se ha vestido de mentiras. Vanidosos de corbata y charol deambulan por las oficinas. No van al pueblo, no palpitan con la gente.

¿Qué puede hacer un político que no se mezcla con la gente? Desde la lejanía ellos elaboran leyes, pactan con poderes  económicos, globalizan los problemas, como si fueran únicos e iguales en Grecia, Polonia o España…

Pero los parlamentos no pueden perder el tiempo en hablar de los problemas concretos.
Ellos, los grandes políticos, con su cohorte de secretarios, vicesecretarios y secretarios de los vicesecretarios de los secretarios se enredan en laberintos de papeles fríos. Ellos no saben del anciano que hace cuentas por la noche para alargar el menguado dinero hasta el treinta de un mes cualquiera, ni del estudiante que hace malabares con la beca, ni del agricultor asfixiado por la competencia de los precios de productos importados… Ellos no se sientan en la plaza donde los parados sueñan, bajo un sol cansado, un mundo más humano.

«Hay ropa tendida», sí, seguirá diciendo alguien que no desee que el pueblo sepa lo que habla. Ropa de toda clase, ropa flameando al viento, chorreando lluvias de luna y aguaceros de tristezas. Ropa de rabia y de esperanza en un mañana en el que nuestras
democracias laven toda su ropa y la tiendan al sol, sin miedo a que se vea, sin tapujos, ni enrevesadas leyes, sin burocracias asfixiantes, sin guardaespaldas que avisen si hay o no ropa tendida.

Entonces serán las palabras tendidas sin prohibiciones las que hablarán solas, despeinados en los tenedores, pero libres bajo el sol y la luna.

Ermesto Rodríguez Abad

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